LA NAVIDAD DE NATIVIDAD BUENDÍA, LEJOS DE MACONDO(2º VARIACIÓN)


La lluvia se desparramaba en forma de aguacero sobre ese confín de la pampa, empecinada en ahogar cualquier llanto. Natividad Buendía, apuraba el paso, aferrada a la solitaria huella que delata el incipiente camino hacia ninguna parte. Atrás quedaba el enigma de un pasado atropellado por lanzas que el Coronel Aureliano Buendía sorteó con el intimo convencimiento que su sobrina iba a conocer otras geografías diferentes al Macondo Peninsular.

Los gitanos empujaban el carruaje para hacer más liviana la tarea de los caballos, extraviados en pantanos desmesurados, frente a un cielo encapotado que ocultaba el sol y las estrellas, impidiendo la lectura de la cartografía portuguesa descuartizada por el agua y la ansiedad de su inveterado uso.

La desesperación se tomo sosiego en el recodo de un camino. La brújula se durmió por el intenso trajín de deambular sin norte y los pífanos, tambores, sonajas, saltimbanquis y malabaristas salieron de su letargo. Esa noche, en un agujero del cielo que las nubes mezquinas apartaron, divisaron las tres Marías y se percataron de su odisea: el río que dejaron atrás tenía que ser el Paraná.

Podría haberse llamado Ursula como su abuela o Amaranta como su tía o quizá, porque no, Pilar o Remedios o el de gitana que tuvo por madre, pero José Arcadio Buendía, su padre, sentenció “Natividad”, convencido que las personas se parecen a los nombres y que todo lo que proviniera de la Navidad, debería ser bueno y dulce.

Esa misma noche abandonó los gitanos en la estera voladora, repitiendo palabras de su abuelo: “Todavía no tenemos un muerto. Uno no es de ninguna parte mientras no tenga un muerto bajo la tierra”. Desde el aire confirmó que la tierra es esférica y que el universo está en expansión y que siguiendo el curso de río, se llega a la mar y luego a otros continentes y más tarde a espaldas de la estera.

Viajó hacia el Oeste y divisó sirenas que se comportaban como delfines; pobladores que hablan y escriben en idiomas desconocidos y todos se entienden porque las frases que componen las palabras se traducen en el aire y no existen las faltas de ortografía porque la fonética es igual a la escritura. Viró hacia el Este para conocer países en los que nadie manda ni es mandado y se trabaja lo indispensable. Se corrió hasta el Sur en dónde la avaricia es desconocida y se estudia todo el tiempo para investigar y progresar. En una pequeña isla de altamar, conversó con Maestros que le enseñaron a dudar y eso ayudó a acrecentar su curiosidad e inquietud por el todo. Trepó hacia el Norte y otros sabios, con palabras sencillas, le hablaron de la evolución de la especie y el homo sapiens; la influencia del mito y la religión para someter a los hombres; del significado omnipresente del Dios de Baruch Spinoza; la composición y significado del ADN de los humanos, tan personal y único, en el que no existe la jerarquía de las abejas, ni la organización de las hormigas ni el sometimiento a un “macho Alfa” y que ello nos hace maravillosamente libres porque la libertad no depende de la voluntad sino del entendimiento. También supo que en el Universo no existe el Sur, ni el Norte; tampoco el Oeste ni el Este y que no hay arriba o abajo; por eso nunca creyó en los planiferios aunque le haya resultado divertido ponerlo “de revés” para observar el mundo desde otro lugar. Alguien le susurró que todo eso es una fantasía, como la Navidad

 

LA NAVIDAD DE NATIVIDAD BUENDÍA, LEJOS DE MACONDO


La lluvia se desparramaba en forma de aguacero sobre ese confín de la pampa, empecinada en ahogar cualquier llanto. Natividad Buendía, apuraba el paso, aferrada a la solitaria huella que delata el incipiente camino hacia ninguna parte. Atrás quedaba el enigma de un pasado atropellado por lanzas que el Coronel Aureliano Buendía sorteó con el intimo convencimiento que su sobrina iba a vengar su propia muerte porque solo él y Melquíades sabían que era su reencarnación.

Los gitanos empujaban el carruaje para hacer más liviana la tarea de los caballos, extraviados en pantanos desmesurados, frente a un cielo encapotado que ocultaba el sol y las estrellas, impidiendo la lectura de la cartografía portuguesa descuartizada por la ansiedad de su inveterado uso.

La desesperación se tomo a sosiego en el recodo de un camino. La brújula se durmió por el esfuerzo y los pífanos, tambores, sonajas, saltimbanquis y malabaristas salieron de su letargo. Esa noche, en un agujero del cielo que las nubes generosas apartaron, divisaron las tres Marías y se percataron de su odisea: el río que dejaron atrás tenía que ser el Paraná.

Podría haberse llamado Ursula como su abuela o Amaranta como su tía o quizá, porque no, Pilar o Remedios o el de gitana que tuvo por madre, pero José Arcadio Buendía, su padre, sentenció “Natividad”, convencido que las personas se parecen a los nombres y que todo lo que proviniera de la Navidad, debería ser buena y dulce.

Esa noche abandonó los gitanos en la estera voladora, repitiendo palabras de su abuelo: “Todavía no tenemos un muerto. Uno no es de ninguna parte mientras no tenga un muerto bajo la tierra”. Desde el aire confirmó que la tierra es esférica y que el universo está en expansión y que siguiendo el curso de río, se llega a la mar y luego a otros continentes y más tarde a espaldas de la estera.

Viajó hacia el Oeste y divisó sirenas que se comportaban como delfines; pobladores que hablan y escriben en idiomas desconocidos y todos se entienden porque las frases que componen las palabras se traducen en el aire y no existen las faltas de ortografía porque la fonética es igual a la escritura. Viró hacia el Este para conocer países en la que nadie manda ni es mandado y se trabaja lo indispensable. Se corrió hasta el Sur en dónde la avaricia es desconocida y se estudia todo el tiempo para investigar y progresar. En una pequeña isla de altamar, conversó con Maestros que le enseñaron a dudar y eso ayudó a acrecentar su curiosidad e inquietud por el todo. Trepó hacia el Norte y otros sabios, con palabras sencillas, le hablaron de la evolución de la especie y el homo sapiens; la influencia del mito y la religión para someter a los hombres; del significado omnipresente del Dios de Baruch Spinoza; la composición y significado del ADN de los humanos, tan personal y único, en la no existe la jerarquía de las abejas, ni la organización de las hormigas ni el sometimiento a un “macho Alfa” en el Chimpancé y que ello nos hace maravillosamente libres porque la libertad no depende de la voluntad sino del entendimiento y que en el Universo no existe Sur, Norte, Oeste, Este, arriba o abajo y que eso es la Navidad.